10 minutos para salvar muchas vidas: lo que pasa antes de que llegue la ambulancia
Entre el desplome y la llegada de la ambulancia pasan varios minutos. Lo que haga en ese tiempo quien esté al lado pesa más que cualquier tratamiento posterior.
Cuando una persona cae al suelo en parada cardiaca, el reloj se pone en marcha en ese mismo instante. El corazón deja de bombear con eficacia, el cerebro se queda sin oxígeno y durante los primeros minutos la única ayuda posible es la de quien esté cerca. Una ambulancia, por rápida que sea, necesita tiempo para llegar.
Lo que dicen las cifras
El Consejo Europeo de Resucitación (ERC) recoge en sus guías un dato que ayuda a medir la urgencia. En una parada presenciada por fibrilación ventricular, cada minuto de retraso en la desfibrilación resta entre un 10 y un 12 % de probabilidades de sobrevivir si nadie hace nada. Cuando un testigo empieza la reanimación cardiopulmonar mientras llega la ayuda, la pérdida se frena y se queda en torno a un 3 o 4 % por minuto. Con esas cuentas, diez minutos de espera con los brazos cruzados dejan las opciones casi a cero, mientras que diez minutos de compresiones bien hechas mantienen una posibilidad real.
Las mismas guías señalan que la reanimación iniciada por testigos duplica o triplica la supervivencia. El primer eslabón de la cadena lo forma la persona que reconoce lo que está pasando y se pone manos a la obra, mucho antes de que intervengan la UVI móvil o el hospital.
Qué hacer, paso a paso
Las pautas vigentes para cualquier ciudadano, las que enseña la Cruz Roja y recoge el ERC, caben en pocas líneas:
- Comprobar que el lugar es seguro para quien ayuda.
- Hablar a la persona en voz alta y sacudirla con suavidad por los hombros. Si no responde y no respira con normalidad, hay que actuar como ante una parada cardiaca. Una respiración lenta, ruidosa o a bocanadas aisladas no es normal.
- Llamar al 112 sin demora y poner el teléfono en altavoz para tener las manos libres. El operador ayuda a confirmar la situación y guía las maniobras.
- Colocar el talón de una mano en el centro del pecho, la otra encima con los dedos entrelazados, y comprimir con los brazos rectos entre 5 y 6 centímetros, a un ritmo de 100 a 120 compresiones por minuto.
- Quien tenga formación puede alternar 30 compresiones con 2 insuflaciones. Quien no la tenga debe seguir con compresiones continuas, sin pausas.
- Pedir que traigan un desfibrilador externo automático (DEA) si hay uno cerca, encenderlo y seguir sus instrucciones de voz. Cualquier persona puede usarlo.
- Continuar hasta que llegue la ayuda profesional, la persona empiece a respirar con normalidad o el agotamiento lo impida. Si hay más gente, conviene turnarse cada dos minutos.
Por qué empezar en la escuela
Nada de lo anterior exige estudios sanitarios. Hace falta haberlo practicado alguna vez y recordarlo cuando llega el momento, y ahí la escuela tiene una ventaja que ningún otro espacio ofrece: por sus aulas pasa toda la población, curso tras curso. Algunos países del norte de Europa lo entendieron hace tiempo. Noruega incluyó los primeros auxilios en la enseñanza primaria en 1961, y Dinamarca hizo obligatorio enseñar reanimación en los colegios en 2005.
En España hay programas escolares muy válidos, pero dependen de la voluntad de cada comunidad autónoma, ayuntamiento o centro. Un alumno puede terminar la educación obligatoria sin haber apoyado nunca las manos sobre un maniquí de reanimación.
Diez minutos es más o menos lo que dura un recreo corto. También es el margen en el que se decide si una parada cardiaca en plena calle acaba en tragedia o en una segunda oportunidad. Conseguir que cada estudiante sepa llenar ese tiempo con compresiones eficaces está al alcance de cualquier sistema educativo que se lo proponga.