Se podrían salvar muchas vidas con conocimientos de primeros auxilios
Entre el aviso y la llegada de los servicios de emergencia pasan minutos. Lo que ocurre en ese tiempo depende casi siempre de quien está al lado.
Cada febrero, alrededor del Día Europeo del 112, los responsables de los centros de emergencias vuelven sobre la misma idea: una parte grande de la población no sabe qué hacer cuando alguien se desploma en la calle, en la cocina o en el patio del colegio. No es un problema de valor. Casi nadie ha aprendido nunca los tres o cuatro gestos que marcan la diferencia, y el día que hacen falta no hay tiempo para aprenderlos.
Un número que conviene saber de memoria
El 112 nació como número único europeo por una decisión del Consejo de 29 de julio de 1991, y en España su funcionamiento lo reguló el Real Decreto 903/1997. Es gratuito, se marca igual desde un fijo o desde un móvil y atiende cualquier tipo de urgencia: sanitaria, incendio, accidente o seguridad. Desde 2009 la Unión Europea dedica el 11 de febrero a darlo a conocer, porque muchos ciudadanos siguen sin saber que funciona en todos los Estados miembros.
Llamar bien también se aprende. El operador necesita saber dónde está usted, qué ha pasado y cuántas personas hay afectadas. Después irá haciendo preguntas, y lo sensato es no colgar hasta que él lo indique: en muchos casos guiará por teléfono lo que hay que hacer mientras sale el recurso.
Proteger, avisar, socorrer
La secuencia que enseñan los cursos básicos se resume en tres verbos y en ese orden. Primero, asegurarse de que el lugar no pone en peligro a nadie más: apartarse del tráfico, cortar la corriente si hay un aparato eléctrico de por medio, no entrar en una habitación llena de humo. Después, avisar al 112. Solo entonces, socorrer.
Socorrer no significa hacer de médico. Significa no mover a un herido que puede tener una lesión de columna salvo que corra un peligro mayor, presionar con fuerza sobre una herida que sangra mucho, colocar de lado a una persona inconsciente que respira con normalidad para que no se ahogue y, si alguien se atraganta, animarle a toser y, si no lo consigue, alternar golpes en la espalda con compresiones abdominales.
Cuando el corazón se para
El caso que más vidas se lleva es la parada cardiaca fuera del hospital, y la mayoría ocurren en casa, delante de un familiar. Sin riego, el cerebro empieza a sufrir en pocos minutos y cada minuto sin reanimación reduce las posibilidades de salir adelante. Por eso importa tanto lo que haga el primer testigo.
Las recomendaciones actuales del Consejo Europeo de Resucitación, revisadas en sus guías de 2025, piden lo siguiente a cualquier persona sin formación sanitaria:
- Comprobar si responde y si respira con normalidad. Una respiración lenta, ruidosa o entrecortada no es normal.
- Llamar al 112 y poner el altavoz del móvil para tener las manos libres.
- Colocar las manos en el centro del pecho y comprimir de 5 a 6 centímetros, a un ritmo de 100 a 120 compresiones por minuto, dejando que el pecho vuelva a su posición.
- Quien sepa hacer ventilaciones puede alternar 30 compresiones y 2 insuflaciones. Quien no sepa o no quiera, debe seguir solo con compresiones sin parar.
- Si hay un desfibrilador cerca, encenderlo y seguir sus instrucciones de voz. Está pensado para que lo use cualquiera.
Nada de lo anterior requiere material ni fuerza especial, y lo que se puede hacer mal es mucho menos grave que no hacer nada.
Dónde se aprende
Los cursos de primeros auxilios de Cruz Roja, de los servicios de emergencias autonómicos y de muchos ayuntamientos duran unas pocas horas. En junio de 2012 el Parlamento Europeo aprobó además una declaración por escrito que pedía a los Estados programas de formación en reanimación y en el uso del desfibrilador para toda la población.
La escuela es el lugar donde esa formación llegaría a todo el mundo. Un niño que practica compresiones con un maniquí a los doce años difícilmente olvidará el gesto, y lo más probable es que lo explique en casa esa misma tarde.