Emergencias en casa y en la escuela
La educación en emergencias en el colegio puede salvar vidas
Dos catástrofes en Asia dejaron una lección para cualquier colegio: el niño que reconoce las señales de peligro actúa antes que nadie. En España el simulacro anual es obligatorio desde 1984, y el resto depende de cada centro.
En marzo de 2011 el tsunami que siguió al gran terremoto del este de Japón arrasó la costa de Iwate. En la ciudad de Kamaishi estudiaban unos 2.900 alumnos de primaria y secundaria. Murieron cinco, y ninguno de ellos estaba en clase aquella tarde: unos se habían quedado en casa enfermos y otros habían salido antes. Los demás echaron a correr hacia zonas altas sin esperar a que nadie se lo ordenara, y muchos de los mayores tiraron de los pequeños de la escuela de al lado. Detrás había varios años de un programa de prevención de tsunamis en los centros de la ciudad, con simulacros y una regla sencilla: tras un terremoto fuerte en la costa, cada uno sube sin esperar a los demás.
Siete años antes, el 26 de diciembre de 2004, una niña británica de diez años que pasaba las vacaciones en la playa de Mai Khao, en Phuket (Tailandia), vio que el mar se retiraba y hacía espuma. Dos semanas antes había estudiado los tsunamis en clase de geografía. Avisó a sus padres y la playa se vació a tiempo. En Mai Khao no murió nadie aquel día, y se calcula que un centenar de personas salvaron la vida gracias a una lección escolar.
Lo que ya exige la norma española
España cuenta desde hace casi treinta años con una regla para los colegios. La Orden de 13 de noviembre de 1984 sobre evacuación de centros docentes obliga a los centros públicos que entonces dependían del Ministerio de Educación y Ciencia a hacer un simulacro de evacuación durante los tres primeros meses de cada curso, y lo recomienda a los privados. Ni el profesorado ni el alumnado conocen de antemano el día ni la hora. La orden fija tiempos de referencia de diez minutos para vaciar el edificio entero y tres para cada planta.
El simulacro enseña a salir con orden, pero cubre un solo escenario: dejar el aula cuando suena la alarma. Kamaishi y Phuket enseñan algo distinto. Los niños que saben reconocer una amenaza por sí mismos se ponen a salvo, y ponen a salvo a otros, antes de que llegue cualquier aviso oficial.
Qué debería llevarse un alumno al acabar la etapa
- El número 112 y la costumbre de dar la dirección exacta del lugar desde el que llama.
- Las señales de los riesgos de su propia zona: los terremotos en el sureste peninsular, las crecidas de ramblas y barrancos en la costa mediterránea, los incendios forestales en verano.
- Qué hacer durante un terremoto: agacharse, cubrirse bajo un mueble sólido y agarrarse a él, lejos de ventanas y estanterías. El seísmo de Lorca de mayo de 2011 recordó que España no está a salvo de este riesgo.
- Cómo reconocer a una persona que no responde y no respira con normalidad, llamar al 112 y empezar las compresiones en el centro del pecho.
Para todo esto no hace falta una asignatura con muchas horas. Basta con que el contenido vuelva cada curso, ajustado a la edad, igual que vuelve el simulacro cada otoño.