Inicio Emergencias en casa y en la escuela
Niños que aprenden hoy a actuar, adultos que salvan vidas mañana
La ley española espera que los ciudadanos sepan comportarse en una catástrofe. La pregunta es dónde se supone que lo aprenden.
El artículo 30.4 de la Constitución prevé que una ley pueda regular los deberes de los ciudadanos ante situaciones de grave riesgo, catástrofe o calamidad pública. Es una línea corta con una consecuencia larga: si el ordenamiento puede exigir a cada persona que colabore y se proteja en una emergencia, tiene sentido que antes le haya enseñado cómo hacerlo.
Lo que dice la nueva ley de protección civil
En julio de 2015 se publicó la Ley 17/2015, del Sistema Nacional de Protección Civil, que sustituye a la de 1985 y entrará en vigor en enero de 2016. Su exposición de motivos menciona expresamente la inclusión en los currículos escolares de contenidos sobre autoprotección y primeros auxilios como uno de los instrumentos de prevención con más alcance. El articulado va en la misma dirección: el nuevo Fondo de Prevención de Emergencias podrá financiar, entre otras cosas, programas de educación para la prevención en centros escolares.
El artículo 7 bis desarrolla precisamente aquel precepto constitucional: obliga a colaborar con la protección civil cuando la autoridad lo requiera. La ley recoge además el deber de cautela y autoprotección de los ciudadanos: evitar exponerse a riesgos y, cuando la emergencia ya se ha producido, seguir las indicaciones de los servicios públicos. Cumplir ese deber es mucho más fácil para quien ha practicado antes.
Lo que ya está en el currículo
El currículo básico de primaria aprobado en 2014 incluye la protección ante emergencias y catástrofes entre los elementos que deben trabajarse de forma transversal, y los primeros auxilios aparecen en Ciencias de la Naturaleza. En secundaria, la protección ante emergencias figura también entre los elementos transversales. Sobre el papel, por tanto, la materia existe. Lo que no existe es un número de horas, un temario común ni una formación específica para el profesorado.
Qué situaciones importan
No hace falta pensar en grandes catástrofes para justificar esta enseñanza. Las urgencias que más vidas se llevan son cotidianas:
- Parada cardiaca: la mayoría ocurre en casa. Si alguien no responde y no respira con normalidad, hay que llamar al 112 y empezar compresiones en el centro del pecho sin esperar.
- Ictus: la boca torcida, la debilidad en un brazo o la dificultad repentina para hablar obligan a llamar al 112 en el acto, porque el tratamiento depende de los minutos.
- Accidente de tráfico: protegerse antes de ayudar, avisar con datos precisos y no mover a los heridos salvo peligro inmediato.
- Incendio: salir agachado si hay humo, no usar el ascensor y no volver a entrar.
Las catástrofes naturales son menos frecuentes, pero cuando llegan el comportamiento de la población pesa mucho en el balance. En el terremoto de Lorca de mayo de 2011 murieron nueve personas, y según el Instituto Geográfico Nacional la mayoría fue alcanzada por cornisas y pretiles caídos. Quedarse bajo techo protegido durante la sacudida es lo que enseñan hoy todos los protocolos, y lo contrario, salir corriendo a la calle, es lo que muchos hacen por instinto.
Lo que hacen otros países
En buena parte de los países occidentales la formación en autoprotección empieza en los primeros cursos. Los niños aprenden a pedir ayuda y a salir de un edificio con orden, y más tarde hacen reanimación con maniquíes. No se trata de convertirlos en socorristas. Se trata de que el día que les toque estar delante sepan qué hacer, y de que lo cuenten en casa, porque un niño que aprende a llamar al 112 suele acabar explicándoselo a sus abuelos.
Con la nueva ley de protección civil y los currículos de 2014 ya en marcha, España tiene el marco. Falta que las administraciones educativas lo conviertan en horas de clase.